sábado, 5 de diciembre de 2015

BALAS DE AIRE, Por Manuel Alfonso Álvarez


Hace mucho tiempo no escribía para ese grupo, mucho o poco, de personas que fielmente lee mis reflexiones, historias y delirios. Hoy decidí hacerlo, me levanté con el alma desbordada de razones, me levanté con el cántaro lleno. Necesitaba expresarme y elegí el modo en que mejor sé hacerlo: Escribiendo.

Pero no solo dedico este texto a quien durante mucho tiempo me sigue, también lo dedico a ti que me lees por primera vez, a ti que no te gusta como escribo pero decidiste pasearte por estas líneas, y hasta a ti que eres poco asiduo de la lectura y sin embargo me reservaste un espacio de tu tiempo. Para todos ustedes: “BALAS DE AIRE”.

Comencemos... 

Robert Burton, un escritor y clérigo inglés, dijo alguna vez: Una palabra hiere más profundamente que una espada. Contrario a lo que popularmente se piensa o se dice que las palabras se las lleva el viento. Nunca sabes cuánta razón tuvo Robert, hasta que una o varias palabras se te quedan incrustadas en el corazón generando un dolor tan insoportable y tenaz como cualquier molestia física, me atrevo a decir que más.  Eso sucede porque el alma recibe las palabras según la importancia de quien las emula, jamás estamos preparados para escuchar cosas duras de los seres que más amamos, o de aquellos que poseen nuestro respeto y admiración, por ende, la fuerza de las mismas va condicionada al afecto, al apego, más sencillamente… Al amor.

Lo que con millones de palabras construimos podemos destruirlo con una sola, no pensada, no analizada, no calibrada, no sentida. Hablar es un acto de inteligencia, hay que pensar mil veces todo aquello que sale de nosotros, porque muchas veces las consecuencias son inesperadas y nefastas. Dios no nos dio el habla para herirnos, para ofendernos o destruir nuestros lazos,  me atrevo a afirmar sin miedo a equivocarme que Dios nos dio el don del hablar para que la comunicación nos uniera, para crear lazos, para fortalecer relaciones, para superar adversidades, para aprender y construirnos como seres humanos.  Si Dios nos dio dos ojos, dos oídos y una sola boca, asumo que fue para que observáramos, escucháramos y analizáramos antes de hablar.

Confucio expresó que es posible conseguir algo luego de tres horas de pelea, pero es seguro que se podrá conseguir con apenas tres palabras impregnadas de afecto. El amor mueve montañas, cambia corazones, forja perdones, mejoras problemas, rejuvenece, fabrica sonrisas, purifica el aire, aclara el panorama. ¿Cuán diferente fuera todo si se hablara siempre con amor? Mucho, estoy seguro.  Nunca se le debe dar voz a la ira, al desespero y descontrol, estos tres villanos suelen expresar lo antónimo a lo que de verdad queremos decir. En momentos de crisis es mejor respirar, abrazarnos al cariño, pensar, analizar, comprender y solo luego de ello abrir la boca.

Nuestra palabra tiene poder, y más sobre aquellos que nos aman ¡Entendamos eso! Pueden ser balas de aire que maten la sensibilidad, destruyan el alma y llenen de odio, usemos el verbo con cordura, llenemos nuestras expresiones de razón, evitemos que tome el control la rabia, que cambie todo, pero no el amor.

Antes de finalizar, dedico este texto muy especialmente a quien siempre me escribe para solicitarme un poco más de mi arte. Andrea Fajardo ¡Para ti!


Manuel Alfonso Álvarez
Instagram: @manuelalfonsoh

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