viernes, 26 de septiembre de 2014

¡CORRE!


     Su respiración era cada vez más acelerada, cada minuto respirar significaba más sacrificio para él, más trabajo, más dolor. Ella lo observaba desde un lado de la cama y en su pupila brillaba más amor que vida, ella lo amaba y fuese sido capaz de darlo todo para que se salvara. Pero era imposible, ya no había nada que dar.

     Él, Ángel Lacroix, había sido diagnosticado con leucemia linfoblástica crónica hacia dos años atrás, luchó arduamente contra ese diagnostico, pero por más que se aferraba a la vida, esa mala noticia llamada metástasis lo había puesto en jaque, todo se había complicado, a duras penas había espacio para la esperanza.

-         - Todo va a salir bien mi amor, solo hay dos opciones y las dos son buenas, todo estará bien. – Ella se lo repetía cada instante, tras cada crisis pero él solo alcanzaba a mirarla y a regalarle un intento de sonrisa que hablaba más de dolor que de cualquier otra cosa.

     La enfermera recientemente había estado en el cuarto aplicándole a Ángel un calmante, los dolores eran salvajes, despiadados, intolerables, los medicamentos se habían transformado en una extensión de la providencia divina, el panorama era oscuro, se había apagado todo, menos el amor.

    Ella, Victorina Ferrer, es enfermera, conoció  a Ángel, su actual esposo, en la sala de Quimioterapia, se enamoraron y se casaron en el mismo hospital, inclusive en la misma sala tres meses después. El amor y la lógica no caminan de la mano literalmente nunca. Ella sabía que como pareja tenían poco futuro, pero mucho presente, así que vivieron su pasión mientras se pudo, como se pudo y cuanto se pudo.

     Se retiró de su labor de enfermera para entregarse al de esposa, todos los días, cada hora, se entregó a cuidarlo, alimentarlo, asearlo y hacerlo feliz, sin que le molestara o le pesara en lo absoluto; Al contrario, respiraba devoción y entrega a ese amor nacido casi que de casualidad. Aquella mañana el doctor le dijo que a su esposo le quedaban escasas horas de vida, ella sonrió, respiró profundo y se propuso verlo cada minuto de esas horas, para no perderse ni un instante de esos últimos trechos de vida, era su misión, su necesidad y su anhelo.

-          -¿Qué dice el Médico? – Alcanzó a preguntarle él entre sollozos. -
-      -Te quedan solamente algunas horas de dolor, aguanta, después de eso te levantarás de esa cama libre de tanto peso y serás feliz.- Ella le sonreía y le hablaba suave, como si cada palabra era una caricia.
-        -¿Y tú?- preguntó él precedido de un fuerte suspiro.
-     -Yo seré feliz también, porque tú estarás bien, quizá estaremos lejos, pero al finalizar cada día del resto de mi vida nos encontraremos en el recuerdo y eso no hay enfermedad que lo pueda impedir. -
-        -¿Llorarás? – Evocó él tras dejar caer una lágrima.
-      - ¡Claro! Claro que lloraré, como quien despide en un aeropuerto a su amado que se muda a otro país por excelentes oportunidades de trabajo y para mejorar su calidad de vida. ¡Obviamente lloraré! Pero es mi derecho ¿No? No te detengas por eso, vuela, vuelta alto, yo me sabré defender.-
-        -Algún día…-
-      -Algún día, será el día, por ahora ¡Vuela! Gánale al dolor, corre, yo lo entretengo.-

     La enfermera abrió la puerta, Victorina se apresuró y la detuvo sacándola de la habitación con la excusa de hacerle un par de preguntas, solo el sonido desagradable y taladrante con el que el monitor cardiaco anuncia la ausencia de vida las hizo entrar de nuevo al recinto. La enfermera corría de un lado a otro, llamando al doctor y buscando todo lo pertinente para intentar reanimarlo, pero Victorina desde un rincón solo lo veía y repetía:


-          -Corre mi amor, corre, no te van a alcanzar.


     Manuel Alfonso Álvarez

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