jueves, 10 de marzo de 2011

Poesías y algo más...Enamorate con las historias más inspiradoras.




Poesías y algo más, es una sección creada para acariciar tus sentidos, con historias inspiradoras que te harán navegar en el  utópico  mar de la fantasía, pudiendo encontrar en cada línea el cumplimiento de tus mayores anhelos.


Cuenta la historia, que un trovador  vivía en una pradera cerca de la luna. Cada anochecer veía con gran admiración la noche donde el globo blanco estaba rodeado de hermosas luces que irradiaban claridad. Su principal sueño era sacar polvo y néctar mágico de las estrellas. El soñaba con que en sus manos se viera la imagen brillante que tanto quería y que con tanta pasión anhelaba.
  Cuando él veía los acantilados sentado en la noche, detallaba cada una de las estrellas, pues cuando fuese la hora de elegir, él debía hacerlo para empezar a conseguir lo que soñaba. Muchas estrellas le llamaban la atención, pero había una que en el cielo rojizo se mezclaba con la noche y que estaba más asentada a su retina, él la miraba con mayor devoción a través de sus ojos mientras estos brillaban.  Era un cuerpo celeste que con sólo ver transmitía una radiación electromagnética diferente a las demás. Sentía una gran energía sobrenatural que le erizaba la piel. La estrella se diferenciaba de las demás y pronto se dio cuenta que era una estrella circumpolar de ámbar.
 Cada día cuando el ocaso salía, este posaba  bajo las inmensas noches consteladas y siempre miraba fijamente a su lucero enamorado, quién lo veía y parecía sonreírle con devoción. Ella siempre posaba en un lugar del horizonte donde en medio de matices, el rojo del cielo se contrastaba más en comparación con los otros paisajes.Poco  a poco el hombre se fue estremeciendo con sus energías, su luz estaba más cerca de él, dormía observándola y soñándola. Le fascinaba como se veían las ondas del cielo rojo, embelleciendo como fondo a su brillo color miel.
    El hombre se volvió cada día más dependiente de  su estrella, pues todas las noches antes de dormir subía a la pradera para estar más de cerca de ella. Le componía poemas los cuales le enviaba de manera efímera a través del viento. Su voz se cruzaba con el aire, y los latidos de su corazón se hacían aún más fuertes. La musa del faro rojo como la llamaba él, acrecentaba sus deseos día a día, pues quería obtener su magia y amarla para toda la vida.
       
     Pronto se dio cuenta que con sólo algunos versos y mirarla todos los días no bastaba para ganarse su magia. El hombre quien la amaba de manera destellante, decidió empezar a usar sus sentimientos para comenzar a labrar los cielos y hacer bajar a la estrella. Trabajó en versos varios días, rezaba para que las nubes de diluvios no ocultaran el brillo de su celeste princesa, difundía palabras elegantemente como su profesión de trovador lo ameritaba, le hablaba al cielo para que realzara su belleza y así hizo por muchos días, un sinfín de cosas. Todas estas acciones sin ningún resultado, el hombre estaba triste, pues había puesto en cada gota de sudor una partícula de amor para que se hundiera en su delicada piel. 
     Pasaron muchos días de tristezas amargas, pues la estrella no respondía a sus mensajes de amor, y además de esto los fuertes diluvios habían opacado su presencia en el manto del cielo. Caía una fuerte precipitación, el cielo nublado completamente no mostraba rastro alguno de ningún signo de luz. El hombre estaba triste y las lluvias empapaban sus ropas, las gotas de las lágrimas no se diferenciaban con las otras que caían desde arriba. Estaba sentado en una roca encima de la pradera, mientras esperaba que pasara el fuerte diluvio. Ya no lloraba más, no tenía fuerzas ni para eso, lanzaba piedras al vacío para drenar su melancolía, combinada con esperanzas y sueños intactos. Habían pasado cinco noches desde que las nubes se apoderaron del cielo dejándolo sin brillo alguno. De pronto el sol salió, amanecía mientras las nubes despejaban el cielo. El hombre se resigna y se dispone a retirarse, pues a pesar de que el cielo ya muestra sus primero reflejos del alba, sabe que su lucero sólo sale es de noche. 

   Cuando se levanta y mira hacia atrás, la figura esbelta y radiante lo deja atónito, sus ojos se paralizan, es una mujer blanca y hermosa. Su cabello de color rojizo hace un hermoso contraste con su piel, realzando colores y haciendo lucir la figura lúcida de la mujer, sus ojos cómo un ámbar de color gris, miran al hombre profundamente, mientras este no entiende cómo llegó. De pronto se percata que los árboles soplan fuertemente y naturaleza le intenta dar un mensaje. Observa las ramas balancearse y es ahí donde entiende que todas aquellas noches mientras él observaba el horizonte, recitaba sus poesías y enviaba cartas, la naturaleza lo había estado observando. Ella miraba a través de sus ojos el deseo por aquella mujer que él veía como una estrella, esa figura de luz que posaba entre matices rojizos de su cabello, que con su mágica presencia y el magnífico néctar que era su boca, deleitaban y alimentaban los sueños del hombre. Por varias noches la naturaleza había vigilado las acciones y había sentido su gran devoción hacia la mujer que vivía en pueblo cercano, donde la mayoría de los habitantes eran mujeres.
  Finalmente el hombre entendió que los fuertes diluvios por parte de la naturaleza, se habían hecho con fin: Que los habitantes del pueblo subieran a la pradera por temor a que desbordara el río, con el fin de hacerle ver a la mujer, la imagen del hombre apasionado que le hacía suspirar, y que había llenado sus noches de versos, donde los dos ya habían cumplido el trato de la naturaleza: Enamorarse y encontrarse por el destino.




Por: Ricardo Barbar.  


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